“No hay nada menos criterioso que preguntarle a quien regresa de un viaje si visitó tal cosa o hizo aquello que era supuestamente fundamental, bajo la equivocada premisa de que eso olvidado es imprescindible para entender la totalidad del destino”.
Piero Moltedo Perfetti
MBA, Universidad Carlos III de Madrid
Director Escuela de Negocios, UVM
Al igual que la observación de una obra plástica, los viajes poseen tres etapas. Cuando uno camina por una galería de un museo y se encanta con un cuadro, ése es su primer momento. Posteriormente, uno se acerca a ver detalles, cosas que le impresionan, las pinceladas, etc., para posteriormente tomar distancia y verlo, sentirlo como un todo. Emocionarse a la distancia.
Con los viajes sucede lo mismo. Primero una preparación o planificación (al menos en su itinerario básico), después el viaje en sí, y posteriormente el regreso. Esta última etapa posee la gracia de mantener el espíritu bajo el don de la ubicuidad, sentir que se está aquí, en medio de la vaguada costera y simultáneamente en la Plaza Roja de Moscú, o en algún archipiélago polinésico, en una confortable habitación estilo palafito, donde la única preocupación es saber si el color del mar es calipso o turquesa. Esta ubicuidad posee la tristeza de reencontrarnos con nuestra cotidianidad y la gentileza de recordar los merecidos asombros de los destellos propios de la experiencia lograda.
Mi amiga Paulina está justamente viviendo esta etapa. Tras algunas semanas en diferentes ciudades de Estados Unidos, ya está logrando asumir que finalmente los viajes son experiencias para el espíritu, amplitudes de horizonte para la mente, y en general, mucho más que los magnetos multicolores que ahora adornan su refrigerador. Continúe leyendo »
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