Piero Moltedo Perfetti
Director Escuela de Negocios, UVM
Sin lugar a dudas las personas necesitamos un buen líder. Alguien en quien creer, que nos motive, que nos guíe hacia alguna meta, alguien con quien compartir los valores esenciales de un proyecto y que nos mueva hacia su acción.
Y es eso justamente el gran resumen de los primeros 100 días del nuevo presidente de los Estados Unidos Barack Obama, el ser un líder de su gente, de su pueblo. Y en cierta forma, también de gran parte del mundo.
Es que al igual que lo que sucede en el ámbito de la empresa, las personas necesitamos confiar en quien nos lidera. Cuando en las organizaciones se pierde esa confianza que los empleados tienen sobre las capacidades de su superior, o del cuerpo directivo de la compañía, las metas, más que sueños, parecen simples propósitos sin sentido. Por lo mismo, parte esencial del trabajo directivo debe estar enfocado a lograr el clima de confianza que dé sustento a una organización orientada al logro.
Un buen líder debe ser capaz de generar la base de confianza que le permita posteriormente cautivar al equipo hacia el porvenir comunitario. Perder la fe por parte de los miembros, no sólo se traduce en la incapacidad del líder de incentivar o motivar, sino que genera una aversión a sus palabras y desde luego a sus acciones, que conlleva sólo a la necesidad de cambiar, no sólo el estilo de liderazgo, sino también al líder incompetente.
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